Por César Enzo

Una fiesta fúnebre que celebra la muerte como una danza sonriente es la imagen más cercana que transmite la segunda placa de la bomba musical portuguesa Buraka Som Sistema, quienes convirtieron al kuduro en un género de respeto internacional, y que son inevitables estandartes del zangoloteo, las caderas convulsas y los jolgorios interminables. Cantando en portugués y rescatando las raíces afro –especialmente de Angola– viene este trabajo de concepto que, sin ser tan fogoso y revolucionario como su Black Diamond (2008), tiene algunas joyitas bailables que vale la pena mencionar.

La base de los Buraka se establece en el kuduro, danza de Angola de las áreas marginales, de movimiento intenso –que sólo los afro pueden ejecutar con tal maestría–, sensualidad urbana y picardía de dientes felices. Los diamantes, el petróleo y el sabor de Luanda se vieron plasmados en su primer álbum que no dio concesiones a los inertes y puso a bailar a media órbita. Desde las calles de Amadora en Portugal, el cuarteto compuesto por Li’l John y Riot (los hombres del beat) y Conductor y Kalaf (los hombres del fraseo), recogieron el lado más amable del kuduro y lograron ensamblarlo con ritmos electrónicos, lo contaminaron con paseos mixtos de dubstep y le añadieron pizcas afro de otras latitudes como el zouk, la samba y el ragga.

Acostumbrados a la oleada de artistas hip hop en el país lusitano, no podían dejar el fraseo y la postura MC por fuera del proyecto, y eso queda demostrado en su corta pero contundente discografía. La experiencia de sus miembros en agrupaciones anteriores como Cooltrain Crew (drum & bass) y Conjunto Ngonguenha (hip hop) se refleja en su mixtura de corte universal. Y siempre les ha gustado contar con voces que brinden matices distintos a sus canciones; para esta segunda entrega hay una convocatoria que tiene nombres como Afrikan Boy, Sara Tavares y Bomba Estéreo.

Su atractivo reside en conectar la libidinosa danza africana con unos beats de veneno letal, dentro de un concepto ceremonioso que invita a celebrar la muerte como parte de la vida…

Komba es un homenaje a la muerte, una francachela fúnebre que desde el diseño de su carátula muestra sus intenciones. Siguiendo los pasos del ritual angoleño que celebra el fallecimiento de un ser querido una semana después de su deceso, el trabajo de los Buraka transpira un baile oscuro, ancestral, lleno de hechicería y sensualidad. Doce canciones que invitan a sacudir el esqueleto a la Parca, a calentar la sangre de los dolientes y a hipnotizar con beats de vudú digital al escucha, en una producción que sostiene las bases de su kuduro progresivo como ellos le llaman, pero con un aire sombrío y oculto que congrega una fiesta subterránea.

Aquel tribalismo pintado de negro inicia su viaje con el vestigio de la muerte, “Eskeleto” es un angustioso e insistente llamado a la danza mortal con tintes de dubstep, con el patrocinio callejero de Afrikan Boy en las rimas. El paseo al otro mundo se sigue celebrando en “Komba”, sabor ritual de cierta carnalidad bajo el auspicio vocal del congolés Kaysha, una pieza  íntima y movida para destacar. Aquella sensualidad oscura de carácter pagano celebra con los hechizos de “Voodoo Love”, magia afro con la hermosa voz de Sara Tavares por un lado, y con la agreste garganta de Terry Lynn por el otro. Una ceremonia interminable que va hasta el amanecer en “(We stay) Up all Night”, baile sin concesiones, de mucha ansiedad y deseo, que Blaya –la cantante que menea sin requiebros su femineidad en los shows del grupo– y Roses Gabor, ayudan a prolongar.

Las zonas instrumentales son embrujos digitales. “Tira O Pe” es un frenético golpeteo de brazos y piernas que se desbaratan a punta de juguetería electrónica. “Hypnotized” continúa con el juego, donde Li’l John y Riot ultrajan los parlantes con sus máquinas traviesas. Pero los instrumentales más atractivos vienen por cuenta del imaginario popular y religioso angoleño, “Candonga” es kuduro discotequero y efectivo, mientras “Macumba” es una brutalidad hechicera llena de intensidad, con la contribución de Mixhell, proyecto liderado por el ex Sepultura Igor Cavalera. Puro éxtasis tribalista.

Aunque el verdadero clímax se encuentra en lo más elemental. El sonido ya reconocido de la banda en el orbe repite con éxito en “Hangover (Bababa)”, bailable, intenso y fiestero, una resaca benévola digna de medianoche para ahogarse de placer, y que ya hizo estremecer las losas de Rock al Parque 2011. El bonus track del disco incluye la voz maliciosa de Li Saumet (Bomba Estéreo) en “Burakaton”, un auspicio fogoso con el sonido más latino, que se mueve entre el reggaetón y el dancehall, entre el beat tóxico y el botón del volumen en lo más alto.

Sin ser una producción revolucionaria y siguiendo la línea primigenia de sus anteriores trabajos, Komba es un disco disfrutable para quien carga con gustos afro en el oído. Su atractivo reside en conectar la libidinosa danza africana con unos beats de veneno letal, dentro de un concepto ceremonioso que invita a celebrar la muerte como parte de la vida, como una parranda interminable en la que caben las lágrimas de éxtasis, en la que bailan en conjunto los caídos en la gloria celestial y los condenados al disfrute terrenal. Un ritual fúnebre cargado de sabor.M